miércoles, 4 de abril de 2018

Moreno Valle, ¿avatar de Maximino?


La moral es un árbol que da
moras o sirve para una chingada
Gonzalo N. Santos
Por Alejandro C. Manjarrez
Al escuchar a Ricardo Anaya hablar de su lucha contra la corrupción y la antidemocracia partidista, imaginé los rostros sonrientes de los gobernadores de Morelos, Puebla y Veracruz. Y me pregunté: ¿Cómo es posible que el candidato de la Alianza que tanto critica las decisiones políticas del PRI y de Morena, persista en soslayar u olvidar lo que han hecho los personajes mencionados, gobernantes cuyas decisiones políticas los muestran como falsos demócratas? No es cosa menor el pugnar para que el hijastro de uno, la esposa del otro y el hijo del tercero consoliden lo que en los viejos tiempos se llamaba “monarquía pulquera”.
La actitud del panista-perredista-naranja evidencia lo que usted y yo sabemos: que en política el soslayo, la añagaza y la manipulación forman parte de los engaños articulados para ganar votos y así obtener cargos desde los cuales se conduzca o promueva el comercio del poder, actividad que por cierto se inserta en la corrupción que Anaya dice combatir.
Pero las omisiones de Ricardo en favor del morelense, del poblano y del veracruzano, obligan a traer a cuento el talante del general Maximino Ávila Camacho cuyo ejercicio del poder le permitió programar las tres gubernaturas que le sucedieron: una para su mozo de estoques (así le decían), otra para su hermano y la última asignada al hombre de confianza de la familia.  
Antes de entrar en materia déjeme plantearle el llamémosle marco político-económico de la Puebla gobernada por el atrabiliario Maximino, precisamente:
El benefactor de entonces era William Jenkins, el “gringo” que además de asociarse con varios políticos de la época (dos presidentes de México entre ellos), se convirtió en promotor de la educación superior en Puebla. Es obvio que quiso tamizar el “oscuro arte titiritero” que le produjo una enorme fortuna, práctica que le permitió multiplicar su riqueza además de convivir asociado con el entonces gobernador Maximino Ávila Camacho.
Ya sabe el lector que en aquellos días la vida pública de Puebla estuvo a merced de individuos sin arraigo y sin escrúpulos, todos ellos observados con recelo por los empresarios de casa, los mismos que temían a las reacciones del gobernante cuyas amenazas iban desde aplicarles la ley del hielo dejándolos fríos, secos y sin dinero o, en el mejor de los casos, hasta meterlos a la cárcel si acaso no eran sentenciados a la pena de muerte, último recurso decretado por el gobernante empeñado en desaparecer a los necios que se oponían a sus designios unilaterales. Semejante estilo personal de gobernar propició el fortalecimiento del rumor, único paliativo contra el temor producido por los diferentes tipos de persecución gubernamental. ¡Guay de aquel que se atreva a criticar abiertamente las decisiones del titular del poder Ejecutivo poblano…!, se advertían entre sí los patrones de la época, cuando el secreto era la condición para reunirse y conspirar.
La dupla Maximino-Jenkins se convirtió así en la necesaria referencia política para que historiadores locales, nacionales y extranjeros comenten cómo diablos se manejaba el poder basado en la frase que sirve de epígrafe, dicho cuya altisonancia podría ser la esencia del comportamiento de varios de los políticos vigentes.
¡Y llegó la modernidad!
Debido a los avances democráticos y a la presencia de medios de comunicación (incluidas las redes sociales) hubo quienes apostaron a que nunca más se repetirían las trapacerías políticas del vetusto cacicazgo poblano entonces apoyado por el gobierno federal, primero a cargo de Lázaro Cárdenas y después bajo el mando conciliador de Manuel Ávila Camacho. La connivencia entre el poder y los intereses personales permitió a don Max programar a sus sucesores, los tres protegidos por la sombra y la fama del militar cuya muerte ocurrió antes de comprobar que su proyecto prevalecería hasta convertirse en el hito histórico de necesaria cita recurrente.
Parecía pues que, dados los avances en la vida pública nacional y el despertar de una sociedad hoy unida por las redes sociales, ya no habría en México (y menos en Puebla) otro régimen como aquel de triste memoria. Sin embargo, no obstante los avances y el desarrollo que vivimos, se repitió el hecho que, al parecer, tiene el aval presidencial aderezado con la complicidad de las fuerzas políticas del país, ahora unidas con la malévola intención de hacerse del máximo poder de la República, o sea la alianza PAN, PRD, MC. ¿Para qué? Según parece, para que sus integrantes permanezcan asidos a la ubre presupuestal.
Se habla de que las redes sociales han sido utilizadas para manipular las reacciones de los internautas. Si así fuere deberíamos reconocer que el equipo de Andrés Manuel López Obrador resultó el mejor preparado en el arte cibernético denominado propaganda negra. Esto porque por ese manejo el gobierno del PRI cayó al estrato más bajo de su historia electoral y, según las encuestas, las demás opciones quedaron a una distancia de dos dígitos. Aseguran algunos expertos en el tema que así es la lectura demoscópica de la contienda, tendencia que podría cambiar dependiendo de las acciones que emprendan los grupos de los otros candidatos. Ya veremos, dijo el ciego.
Lo apuntado en el párrafo anterior es lo mediáticamente fácil de vender. Empero, resulta más importante observar para descubrir las razones de la complacencia mostrada por los candidatos Ricardo Anaya Cortés y José Antonio Meade Kuribreña, soslayo o actitud que favorece a los Nepotes mencionados, uno, el de Morelos, ahogándose en el mar del desprestigio político que él mismo construyó; otro, el jarocho, en pleno usufructo de sus profundos conocimientos sobre lo que podría llamarse extorsión electoral; y Rafael Moreno Valle, el de Puebla, como el avatar de Maximino, antítesis del México democrático que usted y yo anhelamos, país donde la moral pública deje de ser el fruto aquel que definió el irónico y maloso Gonzalo N. Santos, al parecer paradigma de quienes se suponen dueños de la política de sus estados.
Para concluir articulo las siguientes preguntas, digamos que obligadas:
¿Será Moreno Valle avatar de Maximino? ¿El futuro senador contará con el apoyo de algún benefactor? ¿Volverá a cambiar de camiseta? ¿Ganará su tercera gubernatura?
Bienvenidas las respuestas, sugerencias, confidencias, infidencias y revelaciones que bien podrían ser tema de otra columna.

@replicaalex

sábado, 24 de marzo de 2018

El Tigre y la negociación política



En negocios de cochinos, todo es dinero.
En negocios de dinero, todos son cochinos.

Por Alejandro C. Manjarrez
Luis Eduardo del Sagrado Corazón de Jesús Paredes y Moctezuma se llevó la tarde durante la presentación del libro escrito por el Tigre Aguilar, oficialmente conocido como Humberto Aguilar Coronado. El arqui improvisó y a “capela” (o sea sin la música de los horrorosos ángeles que cuando alcalde de Puebla sembró en la Fuente de los Frailes) perfiló lo que —bien lo dijo mi amigo Xavier Gutiérrez Téllez— podría ser su nuevo libro, opúsculo aún en vías de redactarse. ¿Título? La grilla de los negociadores. Tal vez.
Paredes usó como ejemplo del éxito en el método de la negociación política (tema del libro en comento), la trama puesta en práctica por Ricardo Anaya Cortés para agandallarse la candidatura presidencial. En ese proceso —estableció el tribuno urbano— Rafael Moreno Valle le sacó al joven maravilla la concesión-autorización-franquicia para seguir manejando la política poblana e imponer así a su esposa como candidato a gobernadora y a sus empleados como diputados, los cuales —esto lo digo yo— salieron al escenario público adornados con el colorido de las marionetas aquellas que tanta fama diera a los hermanos Rosete Aranda, titiriteros originarios de Huamantla, Tlaxcala, por cierto.
Después de la disertación que hizo de lado el guión escrito por Paredes, omisión cuyo propósito fue —él lo dijo— para no aburrir al respetable, tomó la palabra Antonio Hernández y Génis. El priista inició su participación prometiendo no salirse del guión, frase ésta que le ganó el aplauso del centenar de asistentes que aún no asimilaban la cátedra político-turística-culinaria del ciudadano cuyo apelativo resulta altamente comprometedor para los hombres de fe. Toño redondeó lo que habían dicho Luis Antonio Godina y Fernando Manzanilla Prieto al analizar la importancia del libro: Negociación ¿es necesaria en política? Y pidió al autor del trabajo editorial que hiciera llegar su obra a los candidatos que buscan encabezar el gobierno de la República. Buena falta les hace, dijo puntilloso.
La sombra de Rafael Moreno Valle parecía deambular por el ambiente del acto político-cultural. Los afectados por su actuar pensaban en sus, valga el eufemismo, travesuras políticas en contra del autor y de algunos de los presentadores del libro. El extraño efecto prevaleció hasta que Luis Eduardo trajo a cuento su nombre al ponerlo como ejemplo de que la negociación política sí es posible a pesar de que la encabecen personajes tan heterodoxos como el susodicho Rafael.
La presentación que se llevó a cabo el 22 de marzo pasado ocurrió en la antigua factoría de tocino propiedad del periodista Jesús Manuel Hernández, inmueble construido durante la época en que Puebla fue considerada como la dehesa boyal de México (s.XVII). Valga acotar que Luis Cabrera Lobato pensó en el bum aquel con la intención de usar la referencia porcina para —en la Cámara de Diputados de entonces— revirar al obeso Aurelio Manrique: Señor diputado —soltó enfático el teziuteco—, los poblanos comemos cuatro platillos: puerco, cerdo, cochino y marrano. Manrique lo había insultado al catalogarlo como uno de los poblanos considerados “animal maldito”: no lo toques con la mano, tócalo con un palito… (así pudo habernos visto el político ése que para gobernar Puebla se rodeó de personas ajenas a la cultura local).
Como se acostumbra en las presentaciones de libros, el autor de Negociación ¿es necesaria en política? cerró el acto con las consideraciones que lo llevaron a preparase en el tema (cargos legislativos locales y federales, senador de la República, subsecretario de Gobernación, licenciado en ciencias políticas de la UPAEP y maestría en la Universidad Carlos III de España) confirmando a sus invitados lo que de él habían dicho los presentadores: la negociación es posible siempre y cuando en las partes exista la inteligencia y sensibilidad social para llegar a acuerdos en beneficio de la sociedad. Lo curioso es que esta llamémosle conclusión pudo haber hecho que el público asistente meditara sobre la antítesis de lo expuesto, o sea en la actitud de Rafael Moreno Valle, el mejor de los negociadores en temas ajenos a los asuntos de interés social…
Disculpe el lector que haya traído a cuento el nombre del ex gobernador de Puebla. Lo hago porque el sonido de tal patronímico parecía rebotar entre una y otra de las vetustas paredes antaño impregnadas con el olor del tocino. El culpable de ese efecto fue sin lugar a dudas Luis Eduardo, uno de los poblanos perseguidos por la política chicharronera hoy eficazmente representada por Rafael, precisamente. Lo mencionó con la manifiesta idea de asestar un coscorrón semántico a su malquisto Eduardo Rivera Pérez, el panista que siendo alcalde de Puebla nunca pudo negociar con el entonces mandatario cuyo actuar, hay que decirlo, causó daños irreparables a la tradición del bien común, pensamiento inspirador del Tigre Aguilar, por referir a uno del centenar de panistas perjudicados por quien usó el poder para llevar agua a su molino sin reparar en la dignidad de los gobernados.
No estaría mal que —ampliando la sugerencia de Hernández y Genis— Humberto Aguilar Coronado le hiciera llegar un ejemplar de su libro al esposo de Martha Erika Alonso. A lo mejor ocurre un milagro y su contendido endereza al árbol que creció torcido…

@replicaalex

viernes, 9 de marzo de 2018

Martha Erika, tentáculo de Rafael



Por Alejandro C. Manjarrez
Más vale maña que fuerza
Se ha dicho que Martha Erika Alonso es clon de su marido Rafael Moreno Valle. Es posible. Lo que salta a la vista es su carácter e inteligencia, características que se fueron adaptando al estilo controversial de Rafa. No pasó mucho tiempo para que ella se convirtiera en confidente, conductora política y terapeuta emocional de él. Compartió así los problemas cotidianos del gobernador. Y además se involucró en sus soluciones.
Tenemos, pues, que a pesar de no haber concebido hijos, la pareja Moreno Valle-Alonso Hidalgo construyó un matrimonio bien avenido. De tal unión nació un ente, cosa, ánima o espíritu (Aristóteles le llamaba Daimon y sor Juana Sombra)  que los mantuvo y mantiene activos y unidos en la lucha por el Poder (Guillermo del Toro podría inspirarse en ellos para otra película). Esta actitud los transformó en una singular pareja cuyo éxito se debe a su pragmatismo, praxis que —para arrobo de sus seguidores— combinan con una empatía digamos que seductora. De seguir como van podrían convertirse en leyendas o personajes que nos recuerden a Enrique VIII, Luis XIV, Rasputín, Goebbels o, para ubicarnos en la aldea poblana, al atrabiliario gobernador cuya presencia pública hacia temblar a los ciudadanos que diferían o criticaban sus excesos: me refiero a Mucio P. Martínez.
Martha Erika es una mujer decidida a enfrentar cualesquiera de los retos que impone el uso y usufructo del poder. En esta característica, precisamente, podría encontrarse su debilidad como candidato a suceder a su esposo (digo esposo porque todos sabemos que Tony hace lo que dice Rafa). Esto porque una buena parte de los poblanos la ve como la extensión del mando morenovallista con un terrible agregado: temen que de ganar la gubernatura, ella dé continuidad y exacerbe el estilo persecutorio y vengativo impuesto por su marido. Es el sentir de varios de los perseguidos (o encarcelados en aquel calamitoso mandato constitucional), miedo que comparten muchos de los empleados del gobierno estatal, principalmente.
Por todo ello no es arriesgado afirmar que cuando, para efectos de difusión propagandística, Martha Erika se quitó el apellido Moreno Valle, lo hizo consciente de que la relación conyugal podría operar como un pesado lastre electoral (suman miles los afectados por su marido). Es obvio que tal deslinde forma parte de una estrategia diseñada con la idea de propiciar la continuidad al maximato morenovallista, mismo que cuenta con el apoyo de la nueva aristocracia camotera integrada por los que desean dar continuidad a la monarquía del milenio. Es la misión de, entre otros, los futuros diputados y alcaldes postulados por el dedazo de su líder y paradigma.
Es obvio que aquel frustrado desmarque conyugal forma parte de una estrategia mediática, maniobra que resultó fallida debido a lo apuntado en los primeros párrafos de esta columna. Nadie se tragó el cuento pues. Menos aún los adversarios del morenovallismo enterados y sorprendidos con la operación que lleva a cabo la estructura electoral iniciada por Rafael siendo titular de la Secretaría de Finanzas y Desarrollo Social del gobierno melquiadista. Ella primero fue testigo de calidad para después convertirse en avanzado aprendiz de ese tipo de manejos, experiencias que finalmente la integraron a la gran operación diseñada con la intención de conservar el control político de Puebla. Si acaso lo duda recuerde usted el siguiente dato: su compañero y querido Rafa movió las fichas del PAN poblano para nombrarla (como lo hizo) secretaria general encargada y conductora de las acciones políticas de ese partido, ortodoxas unas y heterodoxas otras. Así, sin rechistar, el presidente de utilería las acató disciplinado. Pero apareció…
La boñiga
Parecía que tanto la candidatura como el triunfo en las urnas estaban planchados. El aval de Ricardo Anaya y la festinada simpatía o amistad personal de José Antonio Meade con el ex gobernador, anticipaban el triunfo de la esposa de Rafael Moreno Valle. Trascendió que existía un supuesto acuerdo en contra del PRI, idea que obligó al candidato presidencial de este partido a deslindarse brindándole su apoyo irrestricto a Enrique Doger Guerrero. Después salieron a la luz pública los negocios inmobiliarios de Ricardo, circunstancia que generó una intensa guerra de lodo. Antes de que ocurriera este escandalo, Andrés Manuel López Obrador ya había mostrado en Puebla su músculo político-electoral, fuerza y presencia política que impulsó la candidatura de Miguel Barbosa Huerta.
Sobre el escenario del poder poblano aparecieron los primeros nubarrones negros. Por un lado Barbosa mostrándose decidido y comprometido a meter a la cárcel a Moreno Valle. Lo dijo antes de que el exgobernador fuera postulado para ocupar un escaño pluri en el Senado de la República y por ende obtener el fuero que lo ubicará en los espacios de la impunidad. Barbosa había sembrado la duda si Moreno Valle era o no un corrupto sofisticado o descarado. Por otra parte Enrique Doger Guerrero abrió su artillería conceptual con la intención de desligarse de lo que parecía una amistad política entre él y Rafael. Para completar ese cuadro de probables calamidades en perjuicio del esposo de Martha Erika, Ricardo Anaya declaró la guerra mediática al presidente de México, contingencia que —dicen las malas o buenas lenguas— fue auspiciada por los datos que obtuvieron los espías de su propio partido, algunos de ellos afiliados al morenovallismo.
Lo anterior, que he apuntado de manera sucinta, obliga a suponer que Puebla podría quedar atrapada en medio de borrascas políticas. Y que uno de los protagonista será quien le juró amor eterno a Martha Erika, la candidata del poder chicharronero. Veamos:
a)     Si Andrés Manuel López Obrador gana la presidencia de México y Martha Erika la gubernatura de Puebla, la gestión de Rafael Moreno Valle sería sometida a profundos y draconianos análisis jurídicos que permitieran al Peje demostrar que su palabra es ley. Por su parte Barbosa impugnaría el resultado electoral basándose en la operación fraudulenta puesta en acción por la estructura morenovallista, grupos financiados —dirán los voceros de la oposición— por el gobierno de Puebla y los contratistas que figuran en el padrón estatal de proveedores.
b)    Si los estudios demoscópicos ubican a Miguel Barbosa Huerta como probable triunfador, la mencionada estructura electoral podría recibir la instrucción para que el “logaritmo mágico” pueda inclinar la balanza a favor del priista Enrique Doger Guerrero. Según parece a Moreno Valle le sería más fácil negociar con un gobierno concertador que con un mandatario comprometido con la aplaudida propuesta de encarcelarlo.
c)     Si repuntase la candidatura de Pepe Meade podría ocurrir un fenómeno local digamos que controlable: más que el voto diferenciado, las huestes de Rafa serían incentivadas a votar por el candidato priista. Esto con el interés de obtener algo parecido a una patente de corzo.
d)    Si llegara a ganar Ricardo Anaya y en consecuencia Martha Erika regresara a vivir a Casa Puebla, se consolidaría el proyecto de largo aliento concebido y encauzado por Rafael, ella incluida y desde luego los colaboradores cuasi familia, varios de ellos designados para llegar al Congreso Local a controlar daños y poner a funcionar el plan “C”.
e)     Si el triunfador de la elección poblana fuese Enrique Doger Guerrero, Rafael Moreno Valle, después de negociar con Doger, lucharía contra el destino de los políticos terminales. ¿Cómo? Pues invirtiendo dinero y valiéndose de la información que durante años ha recabado con un sólo objetivo: mantenerse en el poder hasta el último de sus alientos. Es este escenario coincido con los analistas que lo ubican en la presidencia nacional del PAN.
No hay duda: más que clon, Martha Erika Alonso Hidalgo de Moreno Valle es uno de los tentáculos del poder que construyó su marido basándose en el ejemplo de su abuelo, el general y doctor, y mejorando las prácticas político-electorales que aprendió de sus maestros, uno de ellos Melquiades Morales Flores y la otra Elba Esther Gordillo Morales. Un caso real del alumno que superó a sus mentores, hoy maestro del equipo que encabeza Martha Erika.

@replicaalex

lunes, 5 de marzo de 2018

Anaya, ¿el Colosio del Jefe Diego?


Un hombre de Estado debe
tener el corazón en la cabeza.
Napoleón

Por Alejandro C. Manjarrez
¿Es bueno que los candidatos al máximo cargo de la nación critiquen e incluso denuncien al presidente de la República en turno?
Antes de responder veamos algunos de los antecedentes de nuestra historia reciente:
Adolfo Ruiz Cortines contendía por el máximo cargo cuando comentó con su equipo de campaña las corruptelas que presenció como secretario de Gobernación. Entre otras de sus acotaciones habló sobre el entonces presidente Miguel Alemán. Dijo que éste había convertido la riqueza nacional en una extraordinaria industria la cual produjo lo que se popularizó como “comalada de millonarios”. Uno de los grandes negocios fue la autorización para que alguien cercano y, obvio, socio del poder, estuviera a cargo de la venta de petróleo al extranjero.
Después de aquella confidencia que antecedió al compromiso de acabar con esas costumbres, alguno de los colaboradores sugirió que la frase de campaña se basara en la lucha contra la corrupción, precisamente. El viejo zorro sonrió bondadoso antes de responder: “No amigo, si yo dijera eso nunca llegaría al cargo. Recuerden que el Presidente es el dios sexenal de nuestro sistema teocrático nacional. Así que serénense y no pierdan de vista que el escándalo hace más daño que el pecado…”
Así era la tradición en los procesos electorales de antaño, costumbre que adoptó Vicente Fox Quesada a pesar de los consejos en contra vertidos por varios de sus amigos quienes, curiosamente, después le ayudaron a gobernar con la mira puesta en el comercio político. Lo mismo hicieron los entonces candidatos Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto. Llevaron la fiesta en paz con el fin de lograr la transición tranquila y exitosa que finalmente tuvieron.
El ejemplo de aquella llamémosle tersura pudo haberlo dado Plutarco Elías Calles a quienes habrían de sucederlo con excepción, claro, de Álvaro Obregón cuya reelección le costó la vida (murió en manos de un fanático religioso, crimen cuyas aristas dejaron mal parado al presidente). Ninguno de aquellos relevos presidenciales habló mal del hombre al que sucederían. Todos entendieron que, en efecto, el escándalo podría hacer más daño que el pecado.
Las cosas marcharon más o menos bien hasta que el candidato Luis Donaldo Colosio Murrieta empezó a sentir que la “mafia del poder” le movía el tapete. Se dijo que querían bajarlo de la contienda para dejar en el cargo a Manuel Camacho Solís. Quizá por ello en el aniversario del PRI (4 de marzo de 1994) decidió pronunciar aquel memorable discurso cuyos mensajes le impulsaron hacia el martirologio de la política mexicana (“Veo a un México…”) Recordemos que sus conceptos fueron interpretados como un señalamiento directo contra Carlos Salinas de Gortari. Días después fue asesinado y la autoría intelectual del crimen se convirtió en una de las tantas leyendas-historias del México violento.
En esto último pudo haber pensado el Jefe Diego cuando declaró a Ciro Gómez Leyva que la única forma de bajar de la contienda a Ricardo Anaya era matándolo. O tal vez lo dijo consciente del daño que en la política mexicana ha causado el escándalo producto de las declaraciones tanto del candidato del Frente como de su equipo de campaña. Es probable incluso que hasta recordara la sentencia de George Bernard Shaw sobre que la juventud es una enfermedad que se cura con los años. Quizás. Lo cierto es que el “chico maravilla” resultó un excelente interprete para los políticos que viven asediados por los resabios. Ellos deben haber visto a Ricardo Anaya como el perfecto abanderado para perpetrar su venganza contra el PRI-Gobierno y los panistas alejados de la idea de alterar el proceso democrático nacional mediante denuncias y revelaciones que, al parecer, sólo buscan incidir en la decisión de los electores.
Las denuncias en cuestión que han sido repetidas hasta el hartazgo, muestran que el o los voceros del candidato de la alianza PAN, PRD, MC, no sólo desconocen la historia sino que hasta están dispuestos a repetirla. Menosprecian al poder del presidente, circunstancia que los revela poco aptos para llevar a cabo las estrategias políticas que conducen al éxito. ¿Por qué no esperar a estar en el gobierno para denunciar los actos producto de la corrupción institucionalizada? Pues porque la idea central es montarse en el sentimiento de millones de ciudadanos cuya opinión movió las estadísticas en perjuicio de Peña Nieto, el presidente peor evaluado de la historia gracias, entre otras razones, al esquema oficial de comunicación y desde luego a su sobreexposición mediática que lo orillo a cometer errores semánticos, mismos que han sido exacerbados por las redes sociales.
Retomo pues la época del presidente Adolfo Ruiz Cortines:
Cuando su asesor principal le presentó la primera agenda de apariciones públicas y discursos oficiales, don Adolfo estableció que sólo hablaría en los actos republicanos. En ese momento instruyó para que, según la temática de la reunión o gira programada, el titular de la dependencia se encargara del discurso después de escuchar la venia del presidente de México.
Peña Nieto pasó por alto esa y otras experiencias y se expuso y desgastó en demasía pronunciando discursos poco memorables, muchos de ellos llenos de reiteraciones retóricas basadas en números y cifras contrastantes con la realidad social del país. Empero, este craso error de estrategia de Estado no le quitó el poder ése que induce a los que lo ostentan a mostrarlo y ejercerlo con la intención de responder a quienes se exceden en denostar a la figura presidencial. Y hacerlo dentro de los términos del derecho aprovechándose, obvio, de las leyes y sus ficciones .
Hagamos pues un simulacro e imaginemos a Enrique Peña Nieto molesto por las acusaciones en su contra, señalamientos muchos de ellos vertidos por Ricardo Anaya en cada una de sus intervenciones, casi todas planeadas ex profeso para incrementar el desprestigio del presidente y, en consecuencia, lastimar a los candidatos del PRI y de Morena. Y en ese estado de justa y explicable indignación lanzar la orden presidencial para que se indague a fondo todo aquello que pueda exhibir al detractor mostrándolo como un político corrupto. De ahí, supongo, la aparición de actos que hasta ayer no habían sido aclarados. Me refiero al uso y destino de los “moches”, al ejercicio financiero de la festinada fundación humanitaria y la publicitada operación inmobiliaria con tufo a lavado de dinero.
¿Está mal? Yo creo que no porque sólo así conoceremos de qué están hechos los candidatos: si son producto de la corrupción institucionalizada o se trata de raras avis como aquella que —escribió el poeta Salvador Díaz Mirón— cruzó el pantano sin mancharse el plumaje.
Chueco o derecho, oportunista o casual, hay que ponderar lo dicho por el Jefe Diego, pero no como amenaza o presagio sino como otra de las irresponsables frases electorales. Y sigamos observando cómo en esta gran fiesta cívica se prenden las hogueras para que se expanda el olor a hueso político quemado… o a plumas del pollo sometido a escobazos…  
acmanjarrez@hotmail.com

@replicaalex